Gardel escribió “que 20 años no es nada”, hablando de “volver”, su alegoría de la vuelta a la patria, de recordar el pasado, o un primer amor.
Y aunque no quise el regreso
Siempre se vuelve al primer amor
“Volver” Carlos Gardel
Da igual, yo no soy de los que crea que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero echo la vista atrás porque me he dado cuenta que tal día como este miércoles pero de 1991, yo empezaba a trabajar en una correduría de seguros. 35 años, cifra redondita que da para que te hable de mi.
En enero del 1991 mi padre convencería al “presidente” de la correduría más puntera del emergente Sur de Madrid de que era una buena idea que yo aportara mi total desconocimiento de todo a su empresa.
Allí pasé un par de años. Te pido que tengas en cuenta que el mundo hace 35 años era otro, porque hoy no se puede entender ninguna de las formas de entonces. Ese par de años fueron un master en seguros. Aprendí todo, todo y todo lo que no hay que hacer.
Al entrar la correduría gestionaba más de 6 millones de euros (en realidad 1.000 millones de pesetas) ya tenía más de 20 empleados y estaba abriendo sucursales por la zona. Cada uno de los tres dueños se encarga de un área, tenían director comercial, comerciales, y empleadas en las oficinas dedicadas a la gestión de ventas y atención de siniestros. Supongo que notas la diferencias de sexo en el tipo de trabajo.
Mi formación fue a cargo del comercial que llevaba más tiempo, y que se encargaba de gestionar, y ayudar en la venta a los más de 100 colaboradores: otros corredores, concesionarios de automóviles, etc.. Con él aprendí muchas cosas: los mejores bares para desayunar de la comunidad de Madrid, lo simpáticos que eran sus amigos con los que pasábamos las mañanas, y lo que corría aquél Ford Escort RS. De seguros… menos.
Así pasábamos las mañanas, las tardes eran más de oficina, chafardeo con las compañeras, pero sobre todo, estar dispuestos por si alguno de los jefes necesitaba de nuestro apoyo. Cosa que ocurría casi todas las tardes. Un “Ángel, vamos a tomar café” , significaba dos horas de charla en un bar de la zona, y cuatro Bacardís con cola.
Pronto mi hígado me pidió buscar alguna ocupación importante con un colaborador fuera de la oficina por las tardes.
Pero antes una de esas tardes a solas con el presidente, la única persona que sabía del negocio, tuve la suerte de que me explicará, con los panchitos de aperitivos de los sucesivos “cafés”, el funcionamiento entero del sector seguros. Y esa conversación, por que me pareciera interesante, o por los efluvios del cubalibre, fue mi epifanía con el sector seguros. El momento en que todo encajó, y entendí el negocio y todo lo bueno que iba detrás. Entendí, como funcionaba una aseguradora, el por qué de algunas cosas, sus números…sus tejemanejes… Aprender todo eso, tan pronto, fue una ventaja competitiva.
Empecé con el encargo de ser auditor administrativo de la correduría, titulo que dieron para el trabajo de ajustar las cuentas y cobrar a los más de 100 colaboradores de recibos y comisiones que había entre correduría y colaborador de las pólizas que vendían estos.
A los meses, me designaron a una sucursal que se inauguraba, hoy diríamos como director, era la idea, y sin dejar de ver a los colaboradores, pero el trabajo no dejaba de ser llevar y traer documentos de un sitio a otro. No, no había correos electrónicos, y ni el fax estaba completamente extendido. Todo era en papel. Y las solicitudes originales y pólizas tenían que viajar entre las oficinas. Igual que tu hoy recibes un paquete de Zara cada tres días, en la central recibíamos cajas de un metro cúbico de pólizas, para entregar a los asegurados.
Más tarde tuve que encargarme al completo de otra oficina, para cubrir una baja de una de “las chicas”. En definitiva, pasé por todos los “departamentos”, hice realmente de todo. El tamaño de la correduría era mayor que muchas aseguradoras, por tanto allí se gestionaba todo, igual que una aseguradora.
Acabé marchándome en un momento complejo de la correduría, todo iba mal, se sucedían las aseguradoras que desaparecían del mercado y siempre tocaba en las nuestras, y con las que no cerraban los problemas que había eran insalvables… y yo me fui porque no me daban los días de vacaciones que yo quería. Sí, entré sin saber nada, pero me fui siendo igual de idiota. La juventud es lo que tiene, tarda bastante en curar.
Una semana después de mi entrada en aquella correduría, contrataban una chica, como secretaria del presidente. Un día se le ocurrió decirle al susodicho “yo creo que si esto lo hacemos así…” el presidente la cortó delante de todo el personal, parándose frente a ella, echando el humo del puro dramáticamente, y con un “a usted no se la paga por pensar” y siguió caminando a tomar un café. Por lo que sea esta Cristina fue la última persona a la que despidieron antes de cerrar la correduría y separarse los tres dueños.
Yo ya me había marchado, pero al año de irme los problemas se complicaron completamente y el negocio dejó de serlo y acabó cerrando.
Todo ese negocio, o gran parte de el, acabo yendo a la otra gran correduría de la zona. Con la que competíamos, en cifras y número de oficinas. Hoy es la correduría más grande privada (que pertenece a una familia, no a un fondo extranjero) de España. No digo el nombre, sobre todo, porque nunca le he contado esta historia al dueño de esa correduría (esto es la punta del iceberg, hay mucho detrás) con quién trato a menudo, con cariño y respeto mutuo, porque es un grande del sector.
Al cerrar esa correduría, el presidente, en un arranque más de delirio nos llamo a Cristina y a mi para que le acompañáramos, como socios, en un nuevo proyecto. La decisión debió ser algo así “si Pepe ha perdido tanto al cabeza como para llamarnos a nosotros, después de cerrar su gran negocio, y con toda la gente que debe conocer, por qué no vamos a aceptar”.
Año y medio después, Cristina y yo, tuvimos que abandonar porque nos iba bien, pero al volver de unas vacaciones la parte del dinero que debería estar en el banco se había esfumado.
Pero en ese periodo, yo terminé por aprender a negociar con las aseguradoras, a montar redes de venta, empecé a formar a los comerciales, y con ello descubrí una de las cosas que más me gusta y es hablar de seguros a los demás. Y me da igual si es formando en profundidad a profesionales, cosa que haga continuamente para los cursos oficiales, o hablándote a ti cada semana.
Así, 5 años después de ese 14 de enero de 1991 empecé de nuevo el proyecto, esta vez solo con Cristina y arrancando con la mitad del negocio que hicimos en esos meses. Y hasta hoy.
En ese momento, ya creíamos que sabíamos de seguros y como gestionar un negocio. La ignorancia no tiene límites. Aquí vuelvo a Gardel, quizá a los 20 años ya sabríamos algo de esto. Y no todo. Solo te da para conocer lo que sabes y poder asumir lo que aún desconoces.
Y aún hoy. Seguimos estudiando.
Todo ha cambiado completamente. Nada tiene que ver con lo de antes. Salvo lo que aprendí en aquella tarde de cubalibres, de que el dinero que se cobra por los seguros va a pagar siniestros ( y a otras cosas) y a compensar los peores momentos de las familias y las empresas con dinero. Es un negocio de personas para personas.
Son 35 años no haremos publicidad con el tema, no imprimiremos carteles para poner en la oficina, no celebraremos nada… pero me apetecía contártelo.




