Hace unos meses, llegó a la oficina una señora, acompañada de un joven, después descubriríamos que era su hijo, se sentó, soltó un montoncito de papeles sobre la mesa y dijo: “bueno… ya se que no me vais a pagar nada, pero mi marido tenía aquí un seguro de vida”.
Empiezo por lo que sí sabíamos: el fallecido fue camarero en un local cercano, que por lo que sea frecuentaba, aunque hacía más de 20 años que ya no coincidíamos porque cambió de empleo.

Hace 25 años, nos pidió un seguro de vida. Y se hizo con normalidad. Y lo mantuvo hasta… hace unos meses, que parece para él fueron sus últimos.
Con está información nunca podríamos sospechar por qué el final sería una incógnita.
Empezamos a entender su amable saludo cuando la viuda, dejó que leyéramos los documentos que necesitábamos para tramitar el cobro de la cifra acordada. En el caso, un montón de millones.
De pesetas, que hablamos del siglo pasado.
Ahora narro lo que entonces descubrimos que había pasado realmente. Al camarero le diagnostican una enfermedad, después de pasar por urgencias un par de veces.
Una enfermedad crónica y de las que, sin duda, al menos será uno de los motivos, exclusivo o en conjunto, con los que será difícil seguir vivo. También es cierto que hoy sabemos que se puede vivir más de 10 años sin mayores problemas.
El camarero, tras el calvario médico, escuchó un trueno, se acordó de Santa Bárbara, vio la luz, y es cuando nos pide el seguro de vida.

Cuando se le pregunta por su estado de salud, el contesta y firma que esta hecho un chaval. Que nunca ha tenido ni una baja. Se olvidó comentar que había estado ingresado dos veces en el último mes.
La realidad es que tenía una mala salud de hierro, porque vivió muchos años más, aunque acabara falleciendo por una complicación de esa enfermedad diagnosticada el siglo pasado.
A la vista de toda la historia, no pudimos más que decir a la viuda, “pues tienes razón, no es fácil que cobres”. Le explicamos la dificultad: haber mentido en la declaración de salud no ayuda a que una aseguradora suelte la pasta.
Tres meses después de que la viuda nos soltase la documentación en la mesa, la llamamos, y le dijimos “La compañía tiene preparada la transferencia pasa a firmar el finiquito”.
Efectivamente. Cobró.

El título de “enigmático caso” es porque lo es. Y lo es porque no hemos querido preguntar por qué la compañía llegó a la determinación de pagar. Hay tres posibilidades.
(1) La compañía estuvo analizando mucho tiempo el caso, y entendió que el óbito se produce muchos años después, y que por tanto no había mala intención del asegurado.
(2) La compañía estuvo analizando pormenorizadamente el caso y no fue capaz de reunir las pruebas suficientes para defender en un juzgado el fraude. Quizá nunca encontraron la solicitud con la declaración de salud, que estará en la caja equivocada, apilada a una altura de 5 metros, en una nave de 1000m2 en un polígono de Getafe. Así se guardaban las cosas antes de tener ordenadores y nubes.
(3) La compañía traspapelo el expediente durante demasiadas semanas, y cuando alguien lo encontró pagó rápidamente sin mirar.
Como existía un 33% de posibilidades de que si yo llamo a preguntar, o a agradecer el pago, la compañía se diera cuenta del error. Este tema será siempre una incógnita.
Fin.
Fin… fin…no… el fin de contarte esta historia real, es que pienses si necesitas un seguro de vida. Y que entiendas que para tener certeza de que lo cobren tienes que hacerlo cuando estás sano. Y que si necesitas ayuda te la prestamos en el whastapp de atención 642400220.



Como siempre, real como la vida misma. Como se nota que tienes oficio y tablas.